“Chupizano, pañuelo rojo, pies en polvorosa, … y al final mucha espuma”
A las once y media en punto, cuando el sol aún no achuchaba demasiado, la Plaza del Ayuntamiento de La Mata se convirtió en unos Sanfermines en miniatura. El chupinazo resonó con fuerza y, como manda la liturgia, dio inicio a la suelta de los toros. Bueno, “toros”… que de lejos imponían, pero de cerca uno descubría que el único peligro real era que se te enganchara el cuerno en la camiseta.
El gentío, en su mayoría infantes con más ilusión que miedo, entonaba la versión local de la canción pamplonica. Nada de “a San Fermín pedimos”, aquí se tiró de patrona oficial: la Virgen del Rosario, a quien se le rogó guía y bendición para no acabar bajo la mole… de plástico.
El blanco impoluto, el pañuelo rojo y hasta el periódico bajo el brazo no faltaron. Desde arriba, la imagen era para cuadro costumbrista: corredores huyendo como alma que lleva el diablo, con el corazón en la boca y los pies en los callejones, mientras los más atrevidos intentaban “torear” con riesgo de recibir un topetazo de lo más aparatoso. Porque seamos claros: un bicho de plástico de dos metros que se te viene encima, algo de respeto sí que mete.
Durante un rato, las calles de La Mata fueron la versión salinera de la Estafeta pamplonesa. Hubo derrapes, hubo tropiezos, hubo carreras de campeonato. Lo bueno es que, pese a los más de quinientos asistentes, la única baja fue algún pantalón roto y un par de resbalones que se curan con agua fresca y una caña bien tirada.
El encierro terminó en la plaza portátil de Encarnación Puchol, donde se lidiaron seis toros, seis, de la ganadería “Plastic de Plastic”. Allí, un ejército de diestros espontáneos hizo filigranas con manoletinas y desplantes que dejaron boquiabierto al personal, entre carcajadas y aplausos.
Y como colofón, la Fiesta de la Espuma. Que ya se sabe: si uno no acaba mojado, con los pelos como un erizo y sonriendo de oreja a oreja, es que no ha estado en la fiesta.

