Hubo un tiempo en el que la isla de Tabarca era sinónimo de calma, de mar transparente y de paseos tranquilos entre murallas cargadas de historia. Muchos torrevejenses, junto con visitantes de la comarca, esperábamos con ilusión el verano para tomar el barco y pasar un día diferente en la isla. Allí caminar por sus calles empedradas, descubrir sus calas poco concurridas, explorar sus fondos marinos llenos de vida y visitar rincones como la iglesia de San Pedro y San Pablo, que estuvo cerrada durante años antes de su restauración, o las murallas que recordaban el pasado defensivo de la isla. Solo unos pocos aventureros se adentraban en la zona más solitaria, donde se encuentra la antigua cárcel, hoy casi olvidada.
La Tabarca de aquellos años poco tiene que ver con la realidad actual. Hoy en día, especialmente en los meses de verano, la isla parece desbordada. La llegada masiva de turistas a diario ha transformado radicalmente la experiencia. Lo que en otro tiempo fue un entorno marino casi virgen, declarado la primera reserva marina de España en 1986, se enfrenta ahora a una presión difícil de sostener. Las embarcaciones privadas fondean sin control en algunas zonas, los restaurantes y chiringuitos se ven saturados y, lo más preocupante, los residuos comienzan a formar parte del paisaje, dañando no solo la belleza natural sino también el delicado ecosistema que hace única a Tabarca.
Las fotografías que nos muestra Juan Carlos García es un reflejo de esta situación: playas abarrotadas, fondos marinos degradados y un ambiente que poco se parece al de aquel paraíso mediterráneo que muchos recuerdan con nostalgia. Se impone una reflexión seria sobre el modelo turístico que queremos para la isla. La administración, en este caso el Ayuntamiento de Alicante, debería actuar con medidas firmes para regular la afluencia de visitantes, garantizar la protección de la reserva marina y devolver a Tabarca algo de la esencia que la convirtió en un lugar tan especial.
Si no se toman decisiones pronto, corremos el riesgo de perder para siempre una joya que los torrevejenses siempre hemos sentido como parte de nuestra identidad y que debería preservarse como legado para las próximas generaciones.
