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Ayer 1 de noviembre, mes consagrado al recuerdo y a la oración por los difuntos, la parroquia del Sagrado Corazón volvió a llenarse de emoción y silencio contenido. Como ya es tradición, tuvo lugar el concierto “At Aeternam Lucem”, una cita que se ha convertido en un homenaje musical a todos aquellos que ya no están, pero siguen vivos en la memoria colectiva. La Coral Torrevejense “Francisco Vallejos”, dirigida magistralmente por Belén Puente Carmona, ofreció un repertorio profundamente espiritual, acompañada por los solistas Lucía España, Luna Sanabria, María Polkovnikova y Antonio Martínez, con Paula Ferrández al piano. Entre los asistentes se encontraban el párroco del Sagrdo Corazón y vicario episcopal de zona, Aurelio Arroniz, el concejal de Cultura, Antonio Quesada, y la presidenta de Ars AEtherea, Mamen Mateo, quienes compartieron con el público un momento de recogimiento y belleza.

El concierto abrió con el “Ave Maria” de Caccini, una obra que envuelve el alma en serenidad y esperanza, recordando que el amor y la fe trascienden la muerte. Le siguió el “Laudamus Te” de Vivaldi, un canto de alabanza que eleva el espíritu hacia la gratitud por la vida y la creación.

El “Ave Verum” de Mozart resonó con una pureza conmovedora; sus notas suaves y luminosas parecían acariciar la memoria de los ausentes, mientras el “De profundis clamavi” de Janczak emergía desde lo más hondo del alma, un grito contenido que pide consuelo y redención.

El “Laudamus Te” de Tozzi aportó un toque de solemnidad luminosa, preludio al “Vidit suum” de Pergolesi, donde la música se convierte en llanto contenido, en el retrato sonoro del dolor de una madre ante la pérdida.

El “Benedictus” de De Haan ofreció una sensación de paz y esperanza, como una oración que se eleva desde la tierra hacia la luz. Continuó con el “Laudate Dominum” de Mozart, cuyas melodías envolvieron el templo con un aire celestial, recordando que la alabanza también es una forma de consuelo.

El espiritual tradicional “Didn’t My Lord Deliver Daniel” trajo un respiro distinto, una chispa de fuerza y fe popular que recuerda la confianza en la vida eterna, incluso en medio del sufrimiento.

El “Libera me” del Réquiem de Fauré llevó al público a un estado de emoción contenida: una súplica dulce por la liberación y la paz definitiva. Y como colofón, el grandioso “Dies Irae” del Réquiem de Mozart, seguido del “Lacrimosa”, cerraron el concierto con una intensidad casi sobrehumana, donde el miedo, la belleza y la esperanza se entrelazaron en una misma oración musical.

El eco de las últimas notas se confundió con el silencio reverente del público. “At Aeternam Lucem”, fiel a su nombre, volvió a recordarnos que la música, como la memoria, tiene el poder de atravesar el tiempo y la muerte, iluminando con su luz eterna el camino de los que ya partieron.

El público asistente tras sonar la última nota premio el buen hacer de la Coral con una sonora ovación de varios minutos, mientras permanecían en píe obligado a directora y coralistas a saludar en varias ocasiones.