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El primero de noviembre volvió a teñirse de nostalgia y recogimiento. Como es tradicional, ayer, Día de Todos los Santos, familias enteras se acercaron al cementerio municipal para rendir homenaje a quienes partieron antes que nosotros, pero que siguen vivos en la memoria y el corazón de quienes los amaron. En ese paseo silencioso entre flores y lápidas, las miradas se perdían entre recuerdos, oraciones y lágrimas contenidas.

El camposanto, que crece con el paso del tiempo al compás de la vida de la ciudad, se convirtió un año más en un lugar de reencuentro con los ausentes. A la entrada, una gran corona de flores enviada por el Ayuntamiento daba la bienvenida a los visitantes, símbolo de respeto y cariño hacia todos los que descansan allí, sin distinción de origen, recordando que esta tierra acogió a muchos como su hogar definitivo.

Ya por la tarde, el recogimiento se hizo oración. En memoria de todos los difuntos, se rezó el Santo Rosario y se celebró la Misa de Difuntos, presidida por el párroco de San Roque y Santa Ana, Francisco A. Martínez Miravete. Más de doscientas personas participaron en la ceremonia, entre ellos los concejales Federico Alarcón, Sandra Sánchez, Ricardo Recuero y Rosa Cañón. La música acompañó el sentimiento: la guitarra española de Aurelio Martínez y el clarinete de Francisco J. Garres llenaron el ambiente de melodías que parecían elevarse al cielo junto con las plegarias. Ambos ofrecieron un programa breve pero de profunda significación espiritual, que emocionó al numeroso público asistente por su belleza, respeto y hondura.

El recital comenzó con el solemne Music for the Funeral of Queen Mary de Henry Purcell, obra escrita en 1695 con motivo del funeral de la reina María II de Inglaterra. La pieza, de carácter procesional y austero, representa una de las cimas de la música fúnebre barroca, donde cada nota parece contener el eco del silencio y el peso de la eternidad. En la interpretación de Garres y Martínez, el clarinete asumió una voz casi humana, doliente y noble, mientras la guitarra aportó un soporte armónico cálido y contenido, creando una atmósfera de recogimiento absoluto.

A continuación sonó el célebre Ave María atribuido a Giulio Caccini, pieza que encierra una espiritualidad serena y luminosa. En su diálogo entre clarinete y guitarra, el canto instrumental pareció elevarse como una oración sin palabras, sencilla y pura, transmitiendo paz y esperanza.

Seguidamente, La muerte no es el final de Cesáreo Gabaráin aportó un tono cercano y consolador. Esta obra, convertida en himno en numerosos actos de recuerdo y despedida, expresa con delicadeza la continuidad de la vida más allá de la muerte, recordando que quienes se van siguen presentes en el amor y la memoria. La interpretación, sobria y sentida, fue uno de los momentos más conmovedores del acto.

Cerró el programa Et Sepultus est, composición original de Aurelio Martínez y Antonio Quesada, pieza de gran carga emocional y profunda espiritualidad. La obra, de aire meditativo, combina la sobriedad del canto gregoriano con un lenguaje contemporáneo que invita al recogimiento. En ella, la guitarra asumió un papel casi coral, envolviendo el clarinete en un diálogo lleno de sensibilidad y respeto, hasta desvanecerse en un silencio final que el público acompañó con un silencio reverente.

El conjunto del programa, breve pero intenso, fue un verdadero homenaje a la memoria, a la belleza y al poder de la música como consuelo y esperanza. Francisco Garres y Aurelio Martínez ofrecieron una interpretación impecable, uniendo técnica y emoción en un entorno tan simbólico como el camposanto torrevejense, donde la música volvió a recordarnos su capacidad para transformar el dolor en luz.

Fue, en definitiva, un día de amor y recuerdo. Un homenaje sencillo pero profundo a quienes ya no están, y también un reconocimiento a todos aquellos que, con paciencia y cariño, cuidan año tras año el lugar donde reposan nuestros seres queridos. Porque el cementerio no es solo un espacio de despedida, sino también de encuentro: allí donde el silencio habla, donde las flores dicen lo que las palabras no alcanzan, y donde todos, tarde o temprano, volveremos a reunirnos en la eternidad.