La Iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Jesús acogió en la noche de ayer el pregón de la coronación canónica de Nuestra Señora de la Esperanza y de la Paz que pronunció Marco Antonio Torres Mazón.

Álbum, pinchando sobre la foto

Lo hizo quince años después de que su padre, Miguel Ángel Torres Almira, uno de los principales fundadores de la cofradía de La Esperanza, pregonase el cuarto de siglo de la creación de la cofradía que le da culto a La Esperanza y a Nuestro Padre Jesús Triunfante. El acto se revistió de solemnidad con la intervención del Coro y Orquesta «Maestro Ricardo Lafuente», dirigido por Aurelio Martínez López, que abrió el acto con «La Esperanza de María». Tras el pregón ofreció «Eterna Esperanza», la salve escrita por el propio Aurelio Martínez con ocasión de la coronación. Finalmente cerró el acto con «Encarnación Coronada» de Abel Moreno.

Con una emotiva presentación, Francisco Reyes Prieto dio paso al pregonero, Marco Antonio Torres Mazón quien recordó que meses atrás fue el pregonero de las fiestas de La Purísima. «En el pregón de la Purísima puse mi alma… aquí, podéis comprenderlo, pongo mi vida entera. Y repito, aquí y ahora, lo que hace unos meses dije en mi pregón a nuestra Patrona: el que mira a la Esperanza mira a la Purísima, el que hace estación de penitencia con la Esperanza lo hace también con la Purísima. Ya para siempre están unidas. Trenzadas en el dulce tiempo del Adviento».

Torres Mazón compartió muchas de las vivencias que le enseñó su padre, otras que presenció desde niño y otras que ya ha vivido en primera persona. «He pasado por todos los lugares de la cofradía desde su fundación, sin faltar un solo año: nazareno, incensario, costalero…y ahora, que ya la espalda no responde igual, otra vez nazareno», dijo el pregonero.

Marco Antonio Torres dijo con rotundidad que «hoy, mientras os veo a todos aquí, amigos, hermanos, familia, y mientras aguardamos el tan anhelado momento de la Coronación Canónica de Nuestra Señora, bien puedo decir que la esperanza puesta en 1985 es el triunfo en 2025. No nos tomemos esta coronación como un punto y final. Nunca lo hemos hecho así. No es nuestra forma de hacer las cosas. La Esperanza nunca pone un punto y final».

Tras el pregón, la presidenta de la Cofradía, Ana Isabel Ferrándiz le hizo entrega a Torres de una copia de la pintura de la Virgen de la Esperanza realizada por el torrevejense, Víctor García y también dirigió unas palabras con las que agradeció las multiples aportaciones que se están haciendo para la realización con brillantez de la coronación.

El acto contó con la intervención del alcalde de la ciudad, Eduardo Dolón, que resaltó la importancia de la celebración de una coronación «que tiene lugar 59 años después de la que se le otorgase la coronación a la patrona, La Purísima». El alcalde reiteró el respaldo del Ayuntamiento a esta celebración. Finalmente dirigió la palabra el Consiliario de la Junta Mayor de Cofradías y párroco de la Inmaculada, José Antonio Gea, quien expuso la trascendencia del acto de la coronación a la Virgen de la Esperanza como un acto en el que Torrevieja entera se va a identificar con su amor a María.

El pregón tuvo su continuación en una cena de hermandad que tuvo lugar en el Restaurante Las Columnas donde se dieron cita más de un centenar de personas y donde se homenajearon todas las personas que han hecho posible la coronación y la vida de la cofradía en sus 40 años de existencia.

PREGÓN CORONACIÓN CANÓNICA NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA Y DE LA PAZ
Marco Antonio Torres Mazón

Ella es tabernáculo de Dios y puerta del cielo

Yo creo que la verdadera devoción a María es ahora nuestro único recurso

Buenas noches.
Señor Alcalde, D. Eduardo Dolón; Concejales del Ayuntamiento y Corporación Municipal.
Vicario Episcopal, Párroco de esta iglesia y Consiliario de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Triunfante y Nuestra Señora de la Esperanza y de la Paz, D. Aurelio Ferrandiz; Vicario Parroquial del Sagrado Corazón de Jesús, D. Carlos Daniel Mejías.
Párrocos que hoy también nos acompañan y queridas hermanas Carmelitas.
Presidente de la Junta Mayor de Cofradías, D. Francisco Beltrán y presidentes de todas las cofradías aquí presentes.
Presidenta de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Triunfante y Nuestra Señora de la Esperanza y de la Paz, Doña Ana Ferrandiz. Presidente y miembros de la asociación Sagrado Corazón de Jesús. Amigos y hermanos todos en el Señor…

Con estos versos del padre Ramón Cue, de su libro Cómo llora Sevilla, terminó D. Miguel Ángel Torres Almira, mi padre, el pregón del 25 aniversario de la Cofradía, en la Parroquia de la Inmaculada Concepción, el 10 de septiembre de 2010. Y puso un punto y final.
Ahora, sin embargo, heredo la palabra de mi padre y recibo un precioso regalo: borrar el punto y final de su pregón y poner, en su lugar, un punto y seguido. Dios mío, espero no emocionarme demasiado.

Pero, la pregunta que me viene a la cabeza es… ¿quién soy yo para recibir este honor? En realidad, yo no soy nadie. Fui un niño y un joven con suerte, eso sí. Con la suerte de haber conocido y visto trabajar a Manolo Tevar, a Javier Torregrosa, a Vicente Cerdán, a Juan Ruíz Meriñán, a mi padre… Como decían los hombres del renacimiento: fui un enano a hombros de gigantes. De ellos hablaré un poco, pues son de quienes he aprendido lo poco o mucho que sé. Pero insisto… ¿Quién soy yo? Realmente nadie. Ni siquiera he estado en ninguna directiva. Eso sí, he pasado por todos los lugares de la cofradía desde su fundación, sin faltar un solo año: nazareno, incensario, costalero…y ahora, que ya la espalda no responde igual, otra vez nazareno. Por cierto, un saludo a mis compañeros de varal…mis hermanos de anda. Con ellos he sentido el gozo de esas trabajaderas de gloria donde el Paraíso parece que siempre está un poquito más cerca. Ella es tabernáculo de Dios…y puerta del cielo. He sido, os decía, un observador, un acompañante. Siempre apoyando a todos los presidentes y a todas sus juntas. Siempre ofreciéndome para ayudar en lo poco que uno sabe hacer. Y un narrador, eso sí. Alguien que intenta ocultar su profunda timidez detrás de las palabras. Alguien que os puede contar, espero que con cierto ingenio y poco aburrimiento, algunas cosas.

Tengo la inmensa suerte y el gran honor, además, de poder pregonar a las dos imágenes marianas de mi ciudad coronadas canónicamente, y con no llega a un año de diferencia. En el pregón de la Purísima puse mi alma… aquí, podéis comprenderlo, pongo mi vida entera. Y repito, aquí y ahora, lo que hace unos meses dije en mi pregón a nuestra Patrona: el que mira a la Esperanza mira a la Purísima, el que hace estación de penitencia con la Esperanza lo hace también con la Purísima. Ya para siempre están unidas. Trenzadas en el dulce tiempo del Adviento.

¡Hoy pregono, por tanto, la dicha de anunciar que la semana que viene, Dios mediante, Nuestra Santísima Madre, la Virgen de la Esperanza y de la Paz, será coronada canónicamente, aquí, en este mismo templo, ¡casa donde reside todo el año, su sede canónica! Pero para llegar hasta aquí, ha sido necesario, como en el poema de Ángel González, “un ancho espacio / y un largo tiempo”. Vamos, por tanto, a cerrar los ojos…para hacer un poco de memoria…

Tengo 8 años y voy al estanco de Ramón, en la calle Orihuela, para apuntarme…a la Caída. Un año antes, mi hermana Gertrudis ha hecho lo propio con la Verónica. Es 1985. Al medio día llega mi padre del Instituto de Formación Profesional y cuando le cuento, entusiasmado, que ya me he apuntado para salir en las procesiones en la cofradía de la Caída, me dice sonriendo: “venga, pues ahora vas de nuevo al estanco de Ramón y te borras”. Podéis imaginar mi cara. Entonces añade, antes de que se me salten las primeras lágrimas: “Te borras porque estás apuntado a otra cofradía: La Virgen de la Esperanza y de la Paz”. Mi cara es entonces de confusión total. Este momento que os estoy contando, sucedió apenas unas horas después de la reunión que en el antiguo instituto de Formación Profesional mantuvieron mi padre, Manuel Tevar, Vicente Cerdán y D. Ricardo Navarro, sacerdote y profesor de religión en el centro. Sí, el que dio las primeras mil pesetas. Y unos días después de que mi padre estuviera viendo una procesión y le comentara a mi madre, en un alarde de locura y ensoñación: “Nati, voy a hacer una cofradía”. Una historia que ya sabéis casi todos los que estáis aquí; que ya contó mi padre hace 15 años…que podréis leer, con más detalle, espero que dentro de unos meses.

Pero esta historia la está viendo ahora un niño…un joven…y la está recordando ahora, aquí, un hombre.

A la hora de recordar nombres uno puede cometer el peor de los pecados: olvidar nombres. Trataré de evitarlo, pero desde ya os pido perdón. Los que me conocen saben que soy sumamente despistado; voy siempre en mi mundo, pensando en mis cosas. En eso me parezco a mi padre. Puedes pasar a mi lado y, como lleve algo en la cabeza, ni siquiera te estoy viendo. Por eso aquí las posibles omisiones no tienen otra explicación que mi propia bruma mental, mi despiste. Y el tiempo, claro, que es limitado.
Nombres…
Voy a comenzar hablando de las primeras personas que recuerdo de esos años. Obviamente de Manolo Tevar y su mujer, mi querida Encarna. Con ellos la relación fue siempre la de esos amigos de tus padres a los que puedes llamar tíos pues son parte de la familia. Suena el teléfono y suena la voz de Manolo: ¿Está el pandorgo? Y ahí queda eso. Pasarían muchos años y la vida, y las locuras quijotescas, nos volverían a juntar en otros proyectos. Algo por lo que estoy muy agradecido.

Mi recuerdo también se va para Vicente Cerdán, con el que más adelante también compartiría escena, literaria, en el Tenorio que montó mi padre…con Ars Creatio precisamente.

De Javier Torregrosa, mi querido amigo, no puedo hablar sin que todavía me tiemble la voz; Quiso la vida, seguramente la Providencia, que mi relación con Javier Torregrosa, muchos años después, pasara de lo laboral a lo personal… muy personal. Él, y mi querida Ana, su esposa, han sido para mí unos hermanos mayores teñidos de un verde esperanza imposible de ocultar. Javier Torregrosa ha sido, creo, la persona con la que más he hablado de temas de Semana Santa y una de las que más he aprendido. El año siguiente a la muerte de mi padre, Ana, nuestra presidenta, apareció en la tienda de Javier preguntando por mí. Me dijo algo así: tu padre se encargaba siempre de las misas de la cofradía…no tuvo que terminar la frase…

Y hay un recuerdo que tengo grabado a fuego. Un Viernes Santo ya tarde, después de la procesión, con mi padre y Juan Ruíz Meriñán, en nuestro piso de la calle Patricio Pérez, hablando los dos y yo en medio. Mirando a uno y otro como siguiendo un partido de tenis. Y en la tele, en las primeras retransmisiones de canal Sur que llegaban a Torrevieja, el Cachorro cruzando el puente de Triana. Faltaban muchos años, décadas, para que yo leyera el poema de Aquilino Duque:

Quién te puso corona de saetas, Cachorro de Sevilla, …
Quién pudo hacerte interminable el tránsito… Hoy no se pasa: aquí muere Sevilla
Mientras tu silueta va en el río Caminando otra vez sobre las aguas… Y ya tu pelo, nebulosa trágica,
Río de miel lentísimo,
Va velando la muerte que te vela.

Y años después se fueron juntos a Sevilla, precisamente al aniversario de la coronación canónica…de la Macarena. Los dos, mi padre y Juan, eran Macarenos acérrimos. Es lógico, por tanto, mi querencia a rezarle a la Señora de Sevilla. Tanto le he pedido…y tanta gracia me ha concedido siempre.
No puedo olvidar a mi hermano Miguel Ángel, quién sucedió a mi padre en la presidencia en un periodo ciertamente complejo, con un trono a medio armar y un equipo de trabajo bastante reducido. A veces demasiado reducido. Pero supo sacar todo adelante. Estoy muy orgulloso de ti y he aprendido de tu forma de afrontar las cosas más de lo que te crees y, quizá, más de lo que te he dicho nunca. Quede aquí constancia de ello.

Encarna ha sido una presidenta de la que he aprendido mucho, además de ser capirote de oro de nuestra Semana Santa. Recuerdo sus llamadas de teléfono a mi padre, pidiendo siempre su consejo y orientación ante las dificultades. Es un gesto que siempre te agradeceré.

Juanjo, nuestro querido capataz, con quien tanto hemos compartido y que también ostentó el cargo de presidente durante un periodo.
Ana, mi querida presidenta que me pide afilar el lápiz cada dos por tres, y que yo no puedo más que agradecerle la confianza que siempre ha depositado en mí, junto con Vicente Rebollo, con quien tanto he hablado sobre temas de Semana Santa. Ambos, además, saben lo que es nombrar en su casa a Esperanza…y el profundo significado y las connotaciones que este nombrar adquiere.

Y mi primo José Miguel, Marín, mi querido hermano Pizana, , Sol, Antonio y Esperanza, y Pepe “el de la cantina”, una presencia constante desde esos primeros años; y Armando, Enrique “el Diéz” y Toñi, Ada y Mercedes, los padrinos de nuestro paso de Jesús Triunfante. Son tantos y la memoria tan traicionera…que, contra el riesgo de olvidar un nombre, prefiero no decir ninguno y no diciendo ninguno decirlos todos. Os llevo en mi corazón y en mis oraciones siempre.

Momentos…
También son muchos los momentos que atesoro en mi memoria, como os pasará a todos vosotros. Esos momentos que concentran todo su jugo en esa suerte de trilogía: Domingo, Miércoles, Viernes.

Los Domingos de Ramos, por ejemplo, eran días de mucha intensidad en casa. En cierto sentido todos sabíamos, ya desde esos primeros años, que era el verdadero día grande de la hermandad. Es, además, el único día de la Semana Santa, antes de la Pascua, en el que se respira algo de alegría…de esperanza… Si me dieran a elegir un día como miembro de esta cofradía…sería siempre el Domingo de Ramos; nuestro día.

El Miércoles Santo, día del Encuentro en la Vía Dolorosa. Ya el Triduo Pascual está tan cerca que el anuncio de la muerte de Nuestro Señor nos pone a todos en situación de recogimiento. Aquí, claro, tengo que contaros que no siempre fue Miércoles Santo, como me habréis podido oír muchas veces. El primer Encuentro se realizó un Jueves Santo con el Cristo Crucificado. Y lo he dicho muchas veces, pero lo vuelvo a decir hoy aquí: no he visto ninguna foto de ese instante único. Yo iba primero en la fila. A pesar de mi corta edad nunca quise salir en el rebaño. Y ese día se hizo tan tarde la procesión que recuerdo que me quedaba durmiendo de pie…si no llega a ser por Enrique el Díez, que estaba de hermano mayor de fila conmigo, me habría caído al suelo.

Y los Viernes Santos. En casa el día comenzaba siempre de la misma manera: mientras me preparaba un café en la cocina mi padre me decía la hora exacta en que la Macarena cruzaba el dintel de la Basílica en la Madruga. Para él era importante quedarse por la noche escuchando la radio, la retransmisión en directo de la salida de los pasos en esas horas cruciales de la Semana Santa. Y contármelo. Creo que lo más importante para él era contármelo al día siguiente. No hay Viernes Santo que no espere tu llamada, papá. Desde el año 2012 ya nadie me dice la hora exacta en la que ha salido la Macarena. Luego, a lo largo de la mañana, el guiso de bacalao y la comida todos juntos. Cientos de tortas de bacalao. Luego, los Oficios. Y Luego, la procesión y el recuento del dinero de las sillas en el Puerto Rico. Allí estaba yo. La boca cerrada; los ojos muy abiertos.

Recuerdos, recuerdos…
Una mañana, muy temprano, iba yo a coger el autobús para ir a las clases en la Universidad. Al pasar por la plaza del ayuntamiento, allí estaba Reyes. Aquí estoy, me dijo, esperando a tu padre. Iban juntos a los talleres de Orovio de la Torre. Hay amistades que también se heredan y son un regalo. Por cierto, Yo estaba allí también cuando llegó el trono de Orovio de la Torre, un viernes de Dolores amaneciendo. El chofer del camión que transportaba el trono llamó a mí casa, de madrugada, y lo cogió mi padre. Clareaba el alba cuando abrimos las puertas del museo y comenzamos el trabajo a destajo, sin saber muy bien qué hacer, pero con la clara determinación de que el domingo por la tarde realizaríamos nuestra procesión. Otro milagro más que podemos contar.

Recuerdo un año, en el garaje de Benjamín Marín Garre. Un costalero se apoyó en un anda y esta se venció… Era proverbial el genio explosivo de mi padre…Os podéis imaginar la que le cayó al pobre. Mi amigo José Fernando Guardiola me sigue comentando, tantos años después, que todavía tiene pesadillas en las que él es el que se apoya en el anda y el que recibe la bronca de mi padre.

O el día en el que Paco, mi hermano y actual presidente de la Junta Mayor, colocó una estampa de la virgen en la parte de atrás de la capilla del trono, para que los que íbamos debajo pudiéramos atisbar siquiera el bello rostro de nuestra madre. Siempre he pensado que a la Virgen se le puede ver, cuando vas en procesión, en el rostro de las personas que, a cada lado de la acera, miran emocionados el rostro de la madre de Cristo. En ese cruce de miradas está parte del misterio de las procesiones de Semana Santa. Y ese misterio es muy complicado de explicar.

O esa Virgen de la Esperanza que ha realizado Berta en el colegio la Purísima. Te diré, querida amiga, lo que dicen que decía Cervantes: lo que se sabe sentir se sabe decir (y hacer). Gracias. Y gracias también a Josán, mi querido amigo, con el que tanto he compartido ya. Siempre supe que dentro de ti brillaba el color verde de una manera muy especial. Y a mi admirado maestro Aurelio Martínez…cómo agradecerte esa Salve que ya para siempre resuena en nuestros corazones.

La verdadera Esperanza…
Pero ahora quiero hablaros un poco de la Esperanza…así, con mayúsculas. Esa hermana pequeña, que decía el poema de Péguy. ¿Por qué desde el principio el pueblo de Torrevieja acogió con tanta devoción (pues esa es la palabra exacta) la imagen de la virgen de la Esperanza? Es una pregunta que está en el centro de toda nuestra existencia, de todo nuestro vivir como cristianos. La respuesta está en el propio sentido de la Advocación… ahí podemos encontrar una gran parte de la explicación. La advocación de la Esperanza es la única, creo, que es central en los dos periodos fuertes de todo católico: Adviento/Navidad y Cuaresma/ Semana

Santa. Y lo es porque la Esperanza es necesaria para la Encarnación y es precisamente lo que la Encarnación nos regala: esperanza en que, más allá de esta vida está la vida eterna, plena y verdadera.

Hay, por tanto, algo en la Esperanza que nos lleva a los dos momentos más cruciales de toda vida; el nacimiento y la muerte. Adviento y Cuaresma. Navidad y Semana Santa. Epifanía y Pascua.

La Esperanza tiene, además, una cosa también muy peculiar: no deja de tener su pequeña alegría en un contexto de máximo dolor y tristeza. Precisamente porque la Esperanza nos salva y somos salvados por ella. Y esta dicotomía entre tristeza y alegría también se ve en nuestra manera de procesionar, de realizar nuestra devoción en la calle. Por eso, ni siquiera en Viernes Santo podemos contener ese punto de alegría, de niña que, emocionada, no puede evitar salir corriendo y contar a gritos: No, no estéis tristes; Él cumplirá su promesa…Él resucitará.

ADVIENTO / ADVENIMIENTO / NACIMIENTO
“Los recién nacidos tienen cautivo a Dios dentro de sus pequeños puños cerrados”, escribía Christian Bobin (Resucitar); y es por eso que no hay mayor esperanza que la de una mujer embarazada. Por eso celebramos la onomástica en Adviento, porque si no hay advenimiento no puede haber Esperanza. “Cada niño, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios no ha perdido todavía la esperanza en los hombres”, decía el poeta Rabindranath Tagore en su libro Los pájaros perdidos. Pero las parejas que buscan y anhelan tener un hijo tienen el riesgo cierto de perder la esperanza con el largo proceso de espera. Por eso les animo, yo que pasé por eso, a no apartar la mirada (interior) de esta Virgen de la Esperanza que hoy nos acompaña. En una suerte de peregrinar por toda España, ahora lo entiendo, Ana, mi mujer, y yo fuimos también a Sevilla. Y en la capilla de los marineros…y en la basílica de la Macarena…de rodillas (como un católico pide las cosas) rezamos y nos dejamos llevar… pedimos y confiamos… Y también, sin salir de la capital andaluza, hicimos lo propio con la O (otra Esperanza) y con nuestra Virgen del Patrocinio (a quien mi padre tenía gran devoción).

El filósofo Byung Chul Han (reciente Premio Princesa de Asturias del que, por cierto, apenas se comentó en los medios de comunicación algo importante sobre él: que es católico), habla de todo esto en su libro El espíritu de la esperanza, cuando dice lo siguiente: “En la Epístola a los Romanos escribe san Pablo:» En contra de toda esperanza Abraham creyó y tuvo esperanza». Y cuánto más desesperada sea una situación, más firme será la esperanza». Pero sí…a veces la esperanza, en un proceso de este tipo, termina menguando tanto que parece que desaparece.

Repasando algunas fotografías para el libro que estoy escribiendo me encuentro con las fotos del pregón del XXV aniversario y de la posterior cena. Y me sorprendo al darme cuenta que no estoy en la cena; ni yo ni Ana, mi mujer. ¿cómo es posible? ¿por qué no fui a la cena de hermandad? Muy sencillo…viendo las fechas…

Estábamos, Ana y yo, en el punto más bajo de nuestra relación; habíamos perdido la esperanza de ser padres y estábamos completamente desnortados, como el boxeador que está a punto de recibir el golpe final que lo mandará a la lona. Vaciados. No sé si os habéis sentido alguna vez así…seguramente sí porque ninguno de nosotros somos ajenos al dolor y al sufrimiento. No es agradable. Apenas nos quedaban fuerzas para balbucear una oración. Siempre hay que sacar fuerzas para rezar, aunque sea sin palabras. Con el latido del corazón basta, como los padres del desierto. Pues bien, apenas nos quedaban fuerzas para mover el latido de nuestro corazón e intentar hacer con él una plegaria a Nuestro Padre…a Nuestra Madre. Esas escasas fuerzas no fueron suficientes para asistir a la cena; no hubiéramos sido buena compañía en un momento tan emotivo. Sí estuvimos en el pregón, por supuesto, y en la procesión, faltaría más. Pero no a la cena… Por eso no encontré ninguna foto ni la encontraré jamás. La esperanza se me escapaba de los dedos como el agua…como la arena. Y, sin embargo, como expresó Jesús Montiel en un brillante pensamiento: “La esperanza y los grillos se parecen: cantan durante la oscuridad”.
De la importancia de nombrar las cosas puede dar fe y testimonio mi hija, pues en su nombre lleva escrita su propia historia. Y cada vez que la nombramos es un recordatorio de nuestro camino hacia ella y de cómo debemos afrontar la vida.

CUARESMA / PASIÓN / MUERTE…

Pero también hay otra esperanza…la del dolor y el sufrimiento, la de la enfermedad y la muerte y la del sentido de todo eso. La esperanza de Job. La esperanza de la Semana Santa…de la Semana de Pasión. A la pregunta de Job sobre el sentido de todo ese sufrimiento que está padeciendo, Dios responde con otras preguntas; unas preguntas cuyo eco resuena todavía hoy entre nosotros: “¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra? Cuéntamelo, si tanto sabes. ¿Quién señaló sus dimensiones (¡seguro que lo sabes!) o le aplicó la cinta de medir? ¿Dónde encaja su basamento o quién asentó su piedra angular entre la aclamación unánime de los astros de la mañana y los vítores de los hijos de Dios?”

Vivimos en una sociedad que oculta la muerte y el dolor, la enfermedad, el sufrimiento y el deterioro. Y ocultando todo eso lo que hace realmente es ocultar la Esperanza. Si convertimos la enfermedad y la muerte en algo injusto y carente de sentido, cercenamos la posibilidad de tener esperanza, pues es la Esperanza la que nos daría el sentido último para ese dolor y para esa muerte. Hay un poema precioso de José Jiménez Lozano, de su último poemario, titulado justamente Esperas y esperanzas. El poema lleva por título “La tumba de mis padres” y en sus primeros versos dice así:

In Spe dice la leyenda
de vuestra tumba. Y es una cita de esperanza, porque,
¿cómo soportaría vuestra ausencia?

Y esa frase que dice el sacerdote en la misa: acuérdate también de nuestros hermanos que durmieron en la Esperanza de la Resurrección. Ese in Spes…como el poema de Jiménez Lozano. Esa es la auténtica Esperanza.

Nuestro paso de Cristo es Jesús Triunfante y, sin embargo, Su triunfo no está en la entrada a Jerusalén, sino un poco más adelante: en la cruz. Y un poco más incluso…en el sepulcro vacío. El sepulcro vacío está lleno de Esperanza. La Esperanza (Spes) parte necesariamente de un «hágase» (Fiat). María acepta los planes del Señor incluso sin entenderlos, en la esperanza de saber que es lo mejor que uno puede hacer, al igual que Jesús en la noche de Getsemaní. Y todos estamos en esa noche…y en esa esperanza. Por eso no vivir con Esperanza la Cuaresma significa no querer ver más allá de la Cruz; no asumir que tras el dolor y la pérdida del Viernes Santo se encuentra la alegría sin límites, eterna y real, del Domingo de Resurrección. Y que ese paso último por la cruz…por toda cruz…es necesario. Como esa cita del Evangelio de Juan con la que Dostoievski abría su novela Los hermanos Karamazov: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo¸ pero si muere, da mucho fruto”.

He meditado mucho en torno al sentido último de la Esperanza. Todos necesitamos la esperanza aquí, en nuestras vidas diarias, con nuestros problemas y anhelos. Pero la esperanza última no es de aquí. O, mejor dicho, no es para aquí; la esperanza es para poder vivir sabiendo que el morir, eso que nos pasará a todos, no es el final de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestro vivir. Es una esperanza que resuena con fuerza en el poema de Chesterton (El Converso):

Después de un instante, cuando incliné mi cabeza Todo el mundo cambió y se enderezó.
Emergí donde el viejo camino brilló en su blancura, Caminé las calles y oí lo que todos los hombres dijeron. Bosques de lenguas, como las hojas del otoño sin caer, Indignas de amar pero extrañas y ligeras;
Viejos enigmas y nuevos credos, sencillos.

Como hombres que sonríen por un muerto. Los sabios tienen cien mapas que ofrecer, Señal que su cosmos arrastra como un árbol. Y nublan tanto su razón, igual que un tamiz
Que conserva la arena y permite que el oro, libre, huya: Y todas estas cosas son para mí menos que el polvo, Pues mi nombre es Lázaro y estoy vivo.

Y DE LA PAZ…
La guerra en Ucrania; la larga y oscura, tan larga y oscura que se pierde en la noche de los tiempos, guerra entre judíos y árabes; la persecución y masacre de cristianos en muchas partes del mundo; la violencia instalada en nuestras sociedades…¿cómo olvidar en un mundo así que Nuestra Señora de la Esperanza también lo es…de la Paz? Y tiene, además, todo su sentido, pues de la vivencia intensa de la primera, la Esperanza, surgirá necesariamente la segunda, la Paz. Si somos peregrinos de la Esperanza tenemos que serlo también de la Paz. Y llevar esa Paz, como esa Esperanza, a todos los que nos rodean.

Y AHORA…

Como os decía antes, he vuelto a la fila como un humilde nazareno y he recuperado la hermosa sensación de un cierto silencio, de la oración susurrada bajo el capirote, de la mirada agradecida de alguien al depositar sobre la palma de la mano una estampa con la imagen de la Virgen. ¿Somos conscientes del poder real de un gesto tan sencillo? ¿Sabemos que podemos cambiar la vida de alguien o al menos acompañar en el dolor con nuestro procesionar? ¿De verdad nos creemos lo que tanto decimos, lo que tanto pregonamos?

La luz siempre es esperanza… Cuando clarea el alba los agobios y problemas que nos acucian por la noche parecen desaparecer, evaporarse. Como cuando el amanecer nos encuentra acompañando a Nuestra Madre en el Rosario de la Aurora; momento precioso de nuestra cofradía, sencillo y puro como las cosas importantes… verdaderas… Hemos acompañado a la Virgen de solteros, de casados, anhelando a nuestra hija, con ella en el carricoche, con ella ya adolescente… No hay nada como caminar con María. John Senior pensaba que la restauración de la cultura cristiana pasaría necesariamente por la recuperación de la devoción de la Virgen María, y en un precioso pasaje de su libro dice lo siguiente: “Entre las numerosas y excelsas prerrogativas de nuestra Santísima Madre se encuentra la Esperanza: ella es nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra Esperanza. En otro momento de la historia, en el tiempo de las tinieblas sobre Egipto, los hebreos marcaron las puertas de sus casas con la sangre de un cordero inmolado. En este mismo momento, María pasa delante de la puerta de nuestros corazones y los marca con la Preciosa Sangre de su Hijo”.

¿Qué hay más de «primer anuncio» que una procesión de Semana Santa? ¿Cuánta gente se ha «enganchado» a la vida de parroquia gracias a una cofradía? ¿Por qué, entonces, esa animadversión o distancia o «cogernos con pinzas» de algunos, muchos de ellos desde la propia iglesia? Hay un libro precioso que lleva por título El hecho extraordinario. Lo escribió el filósofo español Manuel García Morente, compañero de Ortega y Gasset en la Universidad. En este libro narra, como una carta y con un grado altísimo de emoción, cómo una noche, escuchando por la radio la obra de música La infancia de Cristo, de Berlioz, tuvo un fuerte momento de espiritualidad hasta el punto de sufrir un proceso de conversión tan profundo y radical que cambió su vida para siempre. Tan para siempre que, tiempo después, sería ordenado sacerdote. Si una obra musical puede inspirar tal conversión, puede ser portadora de tal primer anuncio… ¿qué no puede hacer una imagen tallada, reflejo de la historia sagrada? (Una imago sacra). (Habría que preguntarse cuántas personas han evangelizado determinadas personas y cuántas una imagen de madera policromada. La respuesta, seguramente, haría enmudecer a más de uno.)

Por eso es tan importante y fundamental el inicio de cada estación de penitencia, de cada procesión. Son esos momentos, previos a la apertura de las puertas del templo, donde realmente todo comienza. En la rodilla clavada en el suelo (mucho antes de volver a hacer ese gesto el Miércoles Santo) y en la oración que mi querido hermano Pizana realiza. Ahí comienza toda la estación de penitencia.

Mirad, cuando nació la cofradía yo tenía 8 años. Mi querida abuela Gertrudis acababa de morir y mi hermano pequeño venía de camino. Éramos una familia en plena fase de reconstrucción, como pasa con todas las familias. Una ausencia y una nueva presencia. Yo sé lo que es eso; Ana también. La cofradía nació y fue creciendo, y yo con ella. Ninguno de los que estamos aquí somos hoy los mismos. Ella sí. Él también. Adolescencia, instituto, novia,…y cada primavera florecía la Esperanza. Y en nuestra gran familia, la Iglesia, también. Esta cofradía nació bajo el papado de Juan Pablo II y conoció su sucesión en Benedicto XVI; también su posterior sucesión en Francisco. Y este pregón se me encargó bajo su papado, pero fue escrito ya bajo el papado de León XIV. Todo lo cual demuestra, desde los tiempos de Pedro, que somos eslabones de una misma cadena. Algo por lo cual, sin duda, debemos estar agradecidos y algo que debemos cuidar con amor, responsabilidad y, sobre todo, Esperanza.

Hoy, mientras os veo a todos aquí, amigos, hermanos, familia, y mientras aguardamos el tan anhelado momento de la Coronación Canónica de Nuestra Señora, bien puedo decir que la esperanza puesta en 1985 es el triunfo en 2025.
No nos tomemos esta coronación como un punto y final. Nunca lo hemos hecho así. No es nuestra forma de hacer las cosas. La Esperanza nunca pone un punto y final.
¿Será acaso mi punto final en este pregón un punto y final real? Así lo creía mi padre… No, la Esperanza precisamente es creer que no hay un punto final. Nunca. Porque ni la muerte tiene poder sobre Él.

¡Viva la Virgen de la Esperanza!

Marco Antonio Torres Mazón, 7 de agosto de 2025