La Mata vivió ayer su Día Grande con una jornada llena de emoción, fervor y tradición. La Solemne Eucaristía y la Magna Procesión en honor a la Santísima Virgen del Rosario pusieron el broche de oro a unas Fiestas Patronales que han llenado de luz, música y sentimiento las calles de la pedanía torrevejense. La tarde comenzó con la Misa vespertina en la parroquia local, una ceremonia solemne concelebrada por los sacerdotes José Antonio Moya y el párroco Francisco Javier Parreño. El Coro Nuevo Amanecer de Torrelamata, dirigido por Aníbal Cano Pettersen, acompañó el oficio con sus voces, interpretando al final el sentido “Himno a la Virgen del Rosario”, que fue recibido con emoción por los fieles.
A continuación, las campanas y los acordes de la Banda de la Sociedad Musical “Ciudad de Torrevieja – Los Salerosos”, dirigida por Alejandro Gómez, marcaron el inicio de la Magna Procesión. Las calles, engalanadas y repletas de vecinos, se llenaron del aroma a incienso, el sonido de los tambores y el murmullo de las plegarias que acompañaban el paso de la Patrona.
Entre los asistentes a ambos actos, se encontraban el alcalde de la ciudad, Eduardo Dolón; la concejal de Fiestas, Rosario Martínez Chazarra; la Reina de La Mata, Arantxa Pérez Fiolla, la Reina de la Sal, Nuria Martí, junto a sus damas Ana Vidal e Inés Martínez, y los concejales Sandra Sánchez, Inmaculada Montesinos, Concha Sala, Ricardo Recuero, Domingo Paredes y Antonio Vidal. También estuvieron presentes el delegado Manuel Paredes Santos y el presidente de la Cofradía Virgen del Rosario, Cayetano Gil, quienes acompañaron el cortejo en un ambiente de respeto y emoción compartida.
Uno de los momentos más sentidos del recorrido llegó cuando la Virgen del Rosario realizó una parada especial para rendir homenaje a quienes fueron presidentes de su Cofradía, Eduardo Gil Soto y Eduardo Gil Rebollo, gesto que fue recibido entre aplausos y lágrimas contenidas. Más adelante, al llegar al cruce de la calle Alta con Virgen del Carmen, una sonora traca iluminó el cielo mientras los costaleros, con fe y maestría, giraban a la Virgen hacia los campos de viñas para que los bendijera, como manda la tradición.
El cierre de la procesión fue tan espectacular como emotivo. Antes de que la imagen regresara a su templo, un castillo de fuegos artificiales llenó el cielo nocturno de luz y color, arrancando vítores de vecinos y visitantes. Fue el punto final perfecto a unas fiestas vividas con intensidad, unión y devoción, en las que La Mata volvió a mostrar el alma que la distingue: la fe de su gente, el calor de su comunidad y la alegría de sus tradiciones.

