Álbum, pinchando sobre la foto

La Mata amaneció ayer con olor a sofrito y a ganas de jarana. La Plaza de Encarnación Puchol se convirtió en un gigantesco laboratorio de arroz, pimiento y pollo, con motivo del XXIV Concurso de Paellas, dentro de las Fiestas Patronales de Nuestra Señora del Rosario. El evento, organizado por la Junta de Peñas Festeras y la Concejalía de Fiestas del Ayuntamiento, volvió a demostrar que en la Vega Baja la paella es religión, pero con mucho cachondeo y sin dogmas culinarios.Cada equipo recibió los mismos ingredientes para evitar peleas por el mejillón extra o el “truquillo secreto” del caldo. Dos horas después, el jurado se vio en la difícil tarea de probar una tras otra, con la heroica misión de no reventar antes del postre.

El ambiente estuvo bien regado de sol, con más de 30 grados en pleno “veranico de San Miguel”. Vamos, que el arroz se cocía solo aunque no encendieras el fuego. Entre cucharada y cucharada, se pasearon el alcalde Eduardo Dolón, la concejal de Fiestas Rosario Martínez Chazara, los ediles Ricardo Recuero y Oscar Urtasun, y el matero Antonio Vidal, junto al delegado municipal, Manuel Paredes, que se dejaron ver con la sonrisa de quien sabe que con tanto arroz no hay crisis que valga.

La realeza local también estuvo presente: la Reina de la Mata, Arantxa Pérez Fiol, y la Reina de la Sal, Nuria Martí, acompañadas por sus damas Ana Vida e Inés Martínez. Además de saludar y posar, tuvieron que meterse en el papel más difícil de todos: jurado de paellas, ese oficio de riesgo que no se estudia ni en la universidad ni en MasterChef.

Mientras los mayores debatían si el arroz debía quedar más seco o más meloso, los niños tuvieron su propio festín en forma de castillo hinchable y toro mecánico, que incluso algún adulto valiente probó… hasta que la dignidad le dijo “hasta aquí hemos llegado”.

Al final, se entregaron los premios, aunque lo de menos fue quién se llevó el trofeo. Porque si algo quedó claro es que todas las paellas estaban de premio: sabrosas, elaboradas con cariño y con ese “puntico” personal que ni el mejor chef con estrella Michelin sería capaz de replicar. Lo importante fue compartir mesa, risas y cucharadas. Porque, como dijo un vecino entre bocado y bocado: “Aquí lo que importa es que no falte el arroz… y la cerveza fresquita”.